MICROESPASMOS LITERARIOS

RELATOS BREVES E HIPERBREVES

El ladrón de charcos y Martina

Al cobijo de un paraguas negro, el ladrón levanta la cabeza hacia el cielo suplicando entre dientes que caiga con más fuerza para que esa mujer deje de torturar a su perro bajo la lluvia y decida volver a su casa de una santa vez. Hace ya un rato que del suelo del parque están brotando decenas de tesoros húmedos y resplandecientes, y la impaciencia empieza a repiquetearle en el hombro. Entornando los ojos se repite mentalmente: «Vete ya, chuchito. Vete ya, chuchito. Vete ya, chu…». En ese momento, para su sorpresa, el perro empieza a tirar de la correa arrastrando tras de sí a la mujer.

Por fin puede iniciar su batida en solitario para buscar, a simple vista, los charcos más valiosos. Ya habrá tiempo de explorarlos más a fondo después. Diez minutos más tarde, saca del bolsillo de la gabardina una bolsa de plástico, que despliega de un tirón, y comienza a recoger las pequeñas balsas de agua en el orden elegido, una por una, hasta llenar la bolsa del todo. Lleva años haciendo lo mismo, lluvia tras lluvia, tormenta tras tormenta, saliendo a buscar en los charcos el reflejo de Martina, aquella chica que solía mirarle con ojos expectantes. Pero a veces, cuando la desesperanza empieza a soplar de frente, se pregunta si algún día logrará encontrarla, mientras se lamenta de aquel adolescente que, paralizado por la inseguridad que se le colgó del cuello al nacer, se quedaba pasmado frente a ella limitándose a contemplar su reflejo en aquellos charcos de septiembre.

Pero esta noche ha conseguido un buen botín y se vuelve a casa con la bolsa cargada de ilusiones confiando en que, esta vez, la suerte dejará de reírse en su cara.

Con los años —y los charcos— fue llenando primero la bañera, luego el lavabo, después los cajones y así con todos los recipientes que pudo conseguir, hasta que acabaron por desbordarse. Fue entonces cuando decidió impermeabilizar el suelo y las paredes, pero el agua seguía subiendo y llegó un punto en que empezó a lamer los marcos de las ventanas y todos los muebles se pusieron a flotar a la deriva, momento en que liberó a los peces y, con la pecera y unos retales de lona, se construyó el casco de su escafandra particular. Desde entonces, pasa los días bucea que te bucea por su mar de charcos en busca de Martina y de su mirada expectante; pero, en su lugar, solo encuentra reflejos de gente que corre cubriéndose la cabeza con periódicos,  de perros que pasean a sus dueños, de algún que otro tropiezo y hasta de la moneda que aquel vagabundo lanzó al agua con la esperanza de cambiar su fortuna.

Mientras el ladrón explora las profundidades de su gran charco, las ventanas del comedor empiezan a ceder y entonces un delgado hilo de gotas se filtra por la madera y comienza a deslizarse por la fachada, lentamente, hasta aplastarse contra la ventana de la vecina de abajo. Ella, siempre atenta a cualquier señal que le llegue del de arriba, da un salto del sillón para acercarse a curiosear, seguida por la sombra fiel de su perro. Abre una de las ventanas y asoma la cabeza siguiendo el rastro del agua hasta su origen. Al ver que el agua no deja de manar, decide atraer la atención de su vecino, como tantas otras veces desde que se mudó al edificio, pero no sin antes arreglarse un poco el pelo y pellizcarse dos veces cada pómulo, no vaya a ser que, esta vez, él se digne a mirarla. Lo intenta primero chistando —sin obtener respuesta—, después silbando —con la misma suerte— y, así, continúa en poderosa progresión hasta acabar pegando un berrido, que su perro se anima a corear a ladridos, sacando al buzo de su apnea.

El ladrón de charcos, extrañado, se quita la escafandra y se acerca nadando a la ventana para pegar la oreja al cristal.

—¡El agua! ¡El aguaaaaaa!

«¿El agua? ¿Eso irá por mí?», piensa con el cuerpo sumergido en su pecera. Tras dudar unos segundos y viendo que los gritos no cesan, decide abrir la ventana para echar un vistazo. Pero al hacerlo, toda el agua acumulada se precipita por la ventana formando una enorme catarata. «¡No, no… noooo! ¡Mis charcos!… ¡¡Martina!!», grita viendo cómo sus charcos se escapan junto a sus esperanzas. Abatido, asoma la cabeza y, al mirar hacia abajo, descubre en la ventana a una mujer empapada que lo mira con ojos expectantes, antes de explotar en una seductora carcajada.

 

Martina, por fin, ha dejado de llover para él.

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2 comentarios el “El ladrón de charcos y Martina

  1. Gracias por seguir ofreciendo unos relatos llenos de misterio, imaginar a un hombre buceando en su casa en busca de lo que anhela no deja de hacernos imaginar que tus relatos nos hacen pensar. Un saludo y esperando el siguiente microespasmo.

    • ¡Gracias a ti por tus lecturas y tus comentarios! Estaba buceando en mi pecera y no me había dado cuenta de que andabas por aquí. Quizá por eso notaba el agua más calentita ^_^.
      El siguiente llegará pronto, lo noto…

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Esta entrada fue publicada en 18/11/2014 por en Espasmos breves y etiquetada con , , , , , , , , .
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